El estado del país que recibirá el nuevo gobierno me motivó para escribir las letras de esta colaboración, que no tiene más aspiración que aportar un pequeño esfuerzo al debate nacional.
El que esto escribe piensa que el problema más necesario de atacar, no es la inseguridad, aunque le sobra la razón a los que opinan que este fenómeno ha lacerado profundamente a nuestra sociedad, tampoco considero que la corrupción sea nuestro principal flagelo. Pienso que el problema más urgente es acometer, es el de finiquitar de una vez por todas la desigual distribución de la riqueza, urge reducir la brecha entre los que todo tienen y los desposeídos, hace algunos ayeres quienes aludían a ésta última frase, de inmediato se identificaban con los pensadores de izquierda. Hoy, ante la gigantesca crisis económica que el gobierno de Peña Nieto (distingamos crisis en el sentido del ciclo económico y crisis en el sentido de ingreso de la población) la pérdida de empleos, el fracaso de las mal llamadas reformas estructurales sumado a la inseguridad creciente, han puesto en el escenario nacional la discrepancia entre quienes todo lo tienen y aquellos que de todo carecen, pero sobretodo de un empleo que les brinde dignidad.
En los días que corren Nuestro México, ha abrazado un modelo neo-liberal que establece de manera muy objetiva la definición del modelo, al expresar que “la estrategia económica neoliberal se orientó a acrecentar el papel del mercado como mecanismo de asignación óptima de recursos, maximizador de la producción y del empleo, corrector automático de eventuales desajustes económicos, y garante de la inversión productiva y el desarrollo económico, transfiriendo a los agentes privados y al mercado, gradual pero sostenidamente, las funciones económicas anteriormente asignadas al Estado.” Ello significó “la apertura comercial unilateral y abrupta, liberalización de los mercados financieros y de la inversión extranjera, la privatización de la mayoría de las empresas estatales y algunos de infraestructura pública, la liberalización de precios internos, el achicamiento del Estado como rector y promotor activo del desarrollo económico y del bienestar social, reduciendo o eliminando programas de fomento económico sectorial, de infraestructura económica y desarrollo económico general”, (Calva, 2003:155).
Las políticas neo-liberales puestas en marcha por los gobiernos de la república, tanto del PRI como del PAN, son las responsables de que los niveles de ingreso de la mayoría de la población promedian entre los 4 y 5 mil pesos mensuales, con enorme acentuación en los extremos de la pirámide, hoy los salarios contrastan tan dramáticamente que ya no se disimula la distancia entre los extremos. El resultado: a ninguno de sus actores del drama económico ofrece tranquilidad para vivir, siendo estas desigualdades los orígenes de la inseguridad.
Todos los mexicanos por igual padecemos de esta realidad, de hecho, la sufrimos. Hoy día los medios de comunicación hacen posible conocer los acontecimientos en el momento que ocurren, la anécdota y el comentario, permiten dar fe de los actos delictivos en cualquier estrato social y lugar, y la solución ofrecida por el gobierno se concreta a notas pagadas en donde alaban la actuación del gobierno y sus órganos de seguridad, pero cada día vivimos en una zozobra in creciendo.
Por fortuna el nuevo congreso de la unión, término con Diputados y Senadores con emolumentos de más de 200 mil pesos mensuales, incluyendo sus dietas y prestaciones; o los ingresos de la élite del poder judicial que en el colmo del cinismo se niegan a reducir sus ostentosos salarios, nada acordes con su eficiencia laboral.
En el ámbito de la justicia prevalece la injusticia salarial y ésta, en nuestra opinión, como lo decíamos unos renglones atrás es la causa principal para la desigualdad, la miseria y la inseguridad que vivimos, pero también es fuente natural de la corrupción y la informalidad, fenómenos que se abaten sobre la sociedad mexicana del presente.
El modelo económico neo-liberal a la mexicana incluye la existencia de un salario mínimo que no alcanza ni para morir de hambre y con revisiones salariales (anunciadas siempre como el fin de la pobreza) individuales y colectivas cargadas de insuficiencia e irresponsabilidad para contener la inflación, sin importar si en su punto de par¬tida eran los adecuados o si son verdaderamente remuneradores. Simplemente el propio gobierno y sus secuaces establecen los parámetros entre el 4 y 5%, sin importar si algunas empresas por sus márgenes, podrían pagar más. Oferta y demanda fijan el nivel de salarios, se sustituye fácilmente las normas constitucionales por las leyes del mercado.
Mientras tanto, la emigración sobre todo a los Estados Unidos y la informalidad, actividades hijas putativas de las políticas neo-liberales que estimulan; la corrupción y, la delincuencia organizada o desorganizada, como ocurre con los frecuentes asaltos a las a transportes de pasajeros, cajeros y transeúntes a quienes es frecuente ya han asaltado 4 ó 5 veces.
¿Cuál podría ser el cambio de modelo? En el que se paguen mejores sueldos y salarios por quienes lo puedan hacer, el romper el vicio oficial de limitar la revisión salarial, como único referente para contener la inflación. Por su parte, los empresarios entendiendo que mientras mejor pagáramos sin repercutir en precios, más fortaleceríamos el mercado interno, ampliaríamos el consumo y consecuentemente el crecimiento hacia adentro. Al ampliar éste, se provocaría empleo, desarrollo y rentabilidad por la vía de la expansión empresarial y no por los precios. Círculo virtuoso: mayor salario, mayor consumo, lo que provocaría mayor inversión e incremento de volúmenes y tamaño del mercado.
¡Más empleo, más consumo, desarrollo hacia adentro! Hoy, con aproximadamente 60 millones de pobres, somos dos países, uno en el que viven el 10% de los mexicanos donde todo sobra y el otro donde todo falta; al incorporar a los pobre a un mercado formal sería¬mos efectivamente una de las diez economías más grandes del mundo.
Reducir el espacio entre salarios altos y bajos, como en algunos países del llamado primer mundo, distribuir mejor la riqueza, salarios razonables, permitir a la gente vivir mejor; aumentar el consumo interno, estructurar una política económica cuyo principal objetivo sea la formación de clases medias, es el verdadero fin que deberá tener la política económica del nuevo gobierno; la sustentabilidad, sí, pero empezando por el ser humano, hacer que nuestros trabajadores tengan acceso al bienestar, que participen realmente de la riqueza que contribuyen a generar, es el nuevo rol del estado mexicano deter¬minado por la realidad que el modelo actual ha creado de concentración desmedida, distribución precaria y millones de pobres.
El gobierno como ya lo anuncio, deberá poner el ejemplo con un nuevo tabulador oficial que reduzca el espacio entre niveles de salario, menos burocra¬cia más eficiente y mejor pagada, traspaso de recursos de la parte alta de la pirámide a la base de la misma, es el nuevo liderazgo que la sociedad demanda. El Presidente electo tiene la palabra.