El pueblo de México (la mayoría) tenía hasta el día último de Noviembre del 2018, el corazón lleno de esperanza y optimismo sobre el cambio en la situación del país, pero esta etapa llego a su fin el primero de Diciembre. Esta bella época la cual se caracterizó por; ilusiones, expectativas y perspectivas personales y de grupo, debe dejar paso a la era del cumplimiento, de la certeza y el acatamiento de la visión del México por el que las grandes mayorías votamos.

Los que ya se van (para fortuna de los mexicanos), lo hacen desbordando optimismo sobre la economía mexicana, al grito de “contemos también lo bueno”, los círculos de poder, nacionales, ¡tocaban fanfarrias! el ex presidente, Enrique Peña Nieto, afirmó en una reunión en días pasados ante connotados personajes de las finanzas y grandes empresarios, “que el país que deja puede convertirse en una potencia económica gracias a las reformas estructurales impulsadas por su gobierno”, que dieron gran fortaleza a la economía nacional, la cual, en su opinión mantiene su crecimiento en condiciones de estabilidad económica y financiera.

Pero en la realidad, la economía mexicana no tiene ni ha tenido durante las últimas tres décadas, un alto dinamismo que presume Peña, ni tiene tampoco un futuro tan promisorio como aseguran los panegiristas y corifeos del antiguo régimen. México desde los ochentas, ha tenido un comportamiento productivo mediocre en todos los sentidos (económico, científico, tecnológico y cultural). La tendencia al crecimiento mediocre e insuficiente se acentuó durante las administraciones panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón y la priista de Enrique Peña Nieto. En el gobierno de los últimos sexenios, el crecimiento de México se parece al vuelo de los avestruces. A ras de suelo, sin hablar de los indicadores de bienestar, porque en esos estamos como los topos. Hacia abajo.

Durante el periodo 2001-2018, el crecimiento promedio del PIB fue de 2.2% y, entre 2007-2011no obstante el excedente que generaron los precios del petróleo fue todavía menor, al promediar 1.1%, uno de los peores desempeños de los últimos setenta años, lo que mide de cuerpo entero la corrupción e ineficacia de los panistas, pues en los sexenios de los mencionados panistas los excedentes petroleros rondaron los 190 mil millones de dólares, por lo que aún nos preguntamos donde quedó la bolita. Por otra parte al gobierno de Peña Nieto lo caracterizo la corrupción, la impericia, la actitud reactiva y la parálisis del gobierno ante los escenarios que enfrento.

Durante los pasados sexenios los gobernantes nos manejaron el crecimiento económico como la gran variable económica a lograr. Claro el crecimiento del PIB es decir de la producción, es lo que más interesa a banqueros y especuladores, pero nunca mencionaron desarrollo económico variable que mide el bienestar de las personas, misma que no es de interés de especuladores, pero si del interés de los productores y de los consumidores.

Nos presumían el crecimiento, puesto que somos la 15 economía más grande del mundo, pero somos la 74 en el Índice de Desarrollo Humano, instrumento que elabora cada año Naciones Unidas que mede el desarrollo económico de un país, analizando la salud, la educación y los ingresos de las personas, es decir el bienestar individual (no la suma de toda la población), y la cual no esconde la situación de la población entre los agregados nacionales.

En la lista de países con bienestar social no llegamos ni al Top 30 del listado realizado por Naciones Unidas que considera 188 países. De las naciones de América Latina consideradas en el listado, Chile ocupa el puesto 38, Argentina, en la posición 45, son los únicos

que en la región alcanzaron un Índice de Desarrollo Humano muy alto. Están seguidos por Uruguay puesto 54, Panamá 60, Trinidad y Tobago 65, Costa Rica 66, Cuba 68, todos por encima de México. Y todos abajo en la lista de PIB de México. Es decir somos un país rico poblado de pobres.

El nuevo gobierno recibe un país en una bancarrota total, con una deuda cercana a los 10 billones de pesos (el 46% del PIB), por los cuales hay que pagar aproximadamente 713.842 millones de pesos más o menos un 2,9 % del PIB. Imagine cuántos hospitales, escuelas y carreteras se podrían construir con este dinero (los puros intereses de la deuda sobrepasan el PIB de algunos de los países de Centroamérica).

Pero el más grave problema que enfrentará el nuevo gobierno, es sin lugar a dudas la infame desigualdad que mancilla a nuestro país. Ostentamos según la revista Forbes el “honrroso” vigésimo lugar en el mundo como residencia de archimillonarios. Pero lucimos también el nada honrroso blasón del sexto lugar en pobreza infantil de los países de la OCDE (20 millones de niños) y está entre los países con más seres humanos pobres del mundo.

A propósito de “contar también lo bueno” en el sexenio de gobierno que por fortuna termino, el número de personas bajo la línea de pobreza sobrepasó los 62 millones, es decir que no cuentan con ingresos suficientes para vivir con decoro, de los cuales, alrededor de 17 millones se ubican en pobreza extrema, sin contar que el 70% de los bienes y propiedades de la Nación lo detenta menos del 10% de la población. Sector este último en el que está concentrada en menos del 1% el equivalente a la riqueza que posee el 95% de la población total.

Pero la bancarrota no solo es en lo económico, también es el mismo panorama en lo social. Los mexicanos estamos encolerizados, iracundos, rabiosos, quizá la palabra que mejor describe el ánimo social sea encabronados, debido a la falta de estado de derecho lo que motiva que prevalezca la corrupción, el crimen organizado y desorganizado, la impunidad, el saqueo de la riqueza nacional y los abusos de poder. Una patria huérfana abandonada a su suerte, silenciada y desfigurada.

De estas premisas parten los que a mi juicio son los dos grandes retos del gobierno que encabeza López Obrador. En primer lugar es imperante restablecer el estado de derecho, pues sin él no será posible la paz social ni el desarrollo nacional, y redistribuir el ingreso, tiene toda la razón. Primero los pobres, pues sin un mayor ingreso de las familias no crecerá la demanda y, por tanto tampoco la inversión ni el empleo, es decir sin mejorar el ingreso familiar el progreso es imposible.