- Atacar duro a Trump es un buen principio.
- Pero no basta a la demócrata para ganar votantes indecisos.
Por Rogelio Ríos
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Mostrar entusiasmo y contagiar a los miles de delegados demócratas reunidos en el United Center, en Chicago, fue algo que hizo muy bien Kamala Harris la noche del jueves 22 de agosto, al aceptar formalmente la candidatura presidencial del Partido Demócrata en la elección general de 2024, junto a su compañero de fórmula Tim Walz.
En ese sentido, Harris se “echó a la bolsa” a los delegados de su partido y zanjó las disidencias partidistas que en algún momento parecían ensombrecer a la Convención Nacional Demócrata 2024, como, por ejemplo, el de las protestas de los demócratas propalestinos en las calles aledañas al recinto.
Lo que me interesa resaltar es, sobre todo lo demás, sus referencias a Donald Trump a lo largo del discurso de aceptación.
No sólo le tomó Kamala la medida al candidato republicano, sino que delineó el tono de lo que se verá en las campañas formales de aquí al 7 de noviembre: lo caracterizará, una y otra vez, como un delincuente convicto dispuesto a reincidir en sus actos delictivos.
Como estrategia política, desnudar el perfil y la mentalidad criminales de Trump (en cuanto a su desdén por la ley y su disposición a violarla) ante el electorado es una vía adecuada para que Harris ataque directamente el culto a la personalidad que rodea al millonario neoyorquino.
“En muchas maneras, Donald Trump no es un hombre serio, pero las consecuencias de llevar de regreso a Trump a la Casa Blanca son extremadamente serias”, expresó en su discurso.
“Solamente imaginen a Donald Trump sin barandales y cómo usaría el inmenso poder de la presidencia de los Estados Unidos”, agregó.
“Con esta elección, nuestra nación tiene la valiosa y temporal oportunidad de dejar atrás la amargura, el cinismo y las batallas divisivas del pasado, Una oportunidad para trazar el mapa del camino hacia adelante, no como miembros de cualquier partido o facción, sino como americanos”, concluyó Harris.
No carece de riesgos el camino elegido por Kamala. A pesar de sus múltiples problemas legales, su estatus de delincuente convicto y el peso de su edad sobre los hombros, Trump mantiene a su lado a una base fiel e incondicional de millones de seguidores, a la vez que ha tomado el control absoluto del Partido Republicano.
Hasta el momento, lo que ella ha logrado es volver a hacer competitiva una campaña demócrata que parecía perdida bajo la figura de Joseph Biden, y no es poca cosa si consideramos que se enfrenta a Trump.
De ahora en adelante, Harris y Walz deberán evaluar si la decisión de enfocarse sobre la persona y reputación de Trump les rendirá mejores dividendos que orientar la campaña hacia las propuestas de políticas públicas y de política exterior, en caso de que lleguen a la Casa Blanca.
Para Kamala, el dilema crucial para su candidatura es definir ante la opinión pública estadounidense si tiene personalidad propia más allá de su cercanía a Biden, si sus propuestas y planes son genuinamente suyos o simplemente son copias de la gestión presidencial de la cual ella formó parte como vicepresidenta.
Atacar duro a Trump es un buen principio, pero no basta para ganar a los votantes indecisos. A ellos hay que seducirlos con una personalidad e imagen propias y con propuestas específicas de políticas públicas que incidan directamente en sus vidas cotidianas.
La carga para Kamala será abrumadora, como lo es para cualquier mujer en la vida pública: aunque trabaje el doble de tiempo y de esfuerzo que cualquier hombre, nunca será reconocida plenamente. El techo de cristal es real, no ficticio, para una mujer negra en los Estados Unidos.
“Yo seré una presidenta que reúna a todos en torno a las más elevadas aspiraciones. Una presidenta que lidere y escuche. Que sea realista, práctica, tenga sentido común y pelee siempre por el pueblo americano”, dijo Kamala.
Buena fortuna, señora candidata.